Lo eterno a veces acaba
- 13 jun
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Lo maravilloso del Amor lo hace confuso. Cuando nos enamoramos, solemos creer que la intensidad de lo que sentimos es tan fuerte que sería imposible verla acabar. Hay amores que se sienten más grandes que la vida misma y nos llevan a lo que en ese momento consideramos la única conclusión lógica: que, siendo más grandes que nosotros, moriremos antes que ellos; que en nuestra vida, por lo menos, serán eternos.
Y creo que es cierto que el Amor, como sostuvo Fedro en el Banquete, es el dios más antiguo. Existe aun antes de que nazcamos y se mantiene después de morir. Se ama a un hijo antes de que llegue, y se sigue amando a quien muere y se lleva consigo parte de nuestro corazón.
Pero lo que algunas veces se nos olvida es que el Amor conlleva también cierta vulnerabilidad por parte del amante; vulnerabilidad que suele buscar cierta correspondencia para no sentirse incongruente: señales de que la exposición sigue siendo recibida y valorada.
El Amor, entre más intenso, más riesgoso es por su propia dinámica: entre más amas, más te entregas. Y entregarse sin recibir lo que se considera apropiado desgasta.
Aun en las veces en las que el amante no requiere mucho, en las que pide solo lo mínimo indispensable por ser un amor de poco interés egoísta, no encontrar lo poco que se pide se siente como rechazo. Y, al ser amor rechazado, también lo es la exposición, y deja de tener sentido correr el riesgo que conlleva.
En otros casos, uno de los amantes cambia, y con él o ella cambia la expectativa de amor, imposible de cumplir para el otro: desconocida, o inalcanzable por ser distinta a lo que su naturaleza puede dar.
Así, comprendiendo que aun el amor más intenso puede terminar por la complejidad que envuelve al ser humano, lo más sensato es amar buscando mantenerlo: procurándolo, mereciéndolo y disfrutándolo, intentando tenerlo cerca lo más posible. Así, si algún día termina, al menos encontraremos alivio en saberlo bien vivido.
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